Basauri

Iker Plaza: “Este trabajo es como intentar tirar una pared a cabezazos, pero me encanta”

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Iker Plaza // Haizea Juárez

En un piso de Basauri entre 6 y 7 menores extranjeros no acompañados (MENAS) aprenden a adaptarse y encontrar la manera de “sacarse las castañas” gracias al trabajo del equipo educador y de Iker Plaza (Bilbao, 1981), coordinador de las Unidades Semiautónomas de Leioa, Basauri, Santutxu, Usánsolo y Galdakao. Iker nos cuenta cómo conviven los jóvenes en este centro de menores que lleva funcionando desde 2015 y cómo es la experiencia de estos chicos para conseguir salir adelante.

¿Qué es exactamente este sitio? Es una Unidad Semiautónoma, podría asemejarse a un “piso de estudiantes” de 6-7 plazas donde ellos hacen todo solos. Se les prepara para que, cuando lleguen a la mayoría de edad, sepan desenvolverse de forma autónoma y eficiente allá donde vayan. Se hacen ellos la compra, la comida, la limpieza, van a clase… De toda la red de MENAS de Bizkaia nosotros somos los centros en los que menos chavales ahí ya que queremos que su experiencia se asemeje todo lo posible a lo que se encontrarán fuera.

¿Qué perfil de menores acogéis? Solo acogemos varones extranjeros de entre 16 años y medio hasta los 18, con un nivel de autonomía, madurez y comportamiento muy altos. Se hace una selección entre todos los centros de MENAS de Bizkaia y eligen a aquellos que han presentado muy buen comportamiento y que han demostrado que pueden vivir solos. Por norma general suelen llegar ya con 17 años y varios meses, por lo tanto, están muy poquito tiempo con nosotros y debemos hacer unos procesos muy cortos e intensos.

En su mayoría acogemos marroquíes, pero también trabajamos con menores de cualquier origen; tengo chavales de Ghana, República de Guinea, Costa de Marfil, Senegal, Argelia… El único requisito para entrar en la red de MENAS es ser menor extranjero no acompañado. En cuanto un chaval llega solo a Bizkaia y dice que es un menor automáticamente se le acoge en la red y, si cumple todos los requisitos, puede optar a venir a uno de estos pisos. Si el menor tiene algún familiar en la península se intenta el acogimiento; algunos lo aceptan y otros no, generalmente por falta de recursos. Pero en principio, muchos tienen familia aquí.

Suelen llegar sin documentación, ¿cómo comprobáis que sean menores? Hay chicos que llegan con su DNI o pasaporte, por lo que tienes que dar validez, en principio, a ese documento, y otras en las que llegan sin nada y dicen que son menores de edad. En esos casos, la fiscalía requiere una prueba de edad que determina, más o menos, si un chico es mayor o menor. Si las pruebas confirman que es menor de edad, se le acoge y se le pide que aporte lo antes posible documentación para comenzar a tramitar el permiso de residencia español. La fecha en la que se realiza la prueba de edad se determina como fecha de referencia para saber cuándo cumple los años. Si no lo es, se queda automáticamente en la calle.

¿Y cómo llevan la convivencia entre diferentes culturas? Se respetan, básicamente porque no les queda otra. Les dejamos muy claro que a una Unidad Semiautónoma no vienen a hacer amigos, si pueden hacerlo mejor, pero tienen que acostumbrarse a que normalmente no podrán elegir a sus compañeros de trabajo, de clase… Tienen que aprender a convivir con el diferente. No hemos tenido muchos problemas de todas formas. Ellos vienen de la red de MENAS donde ya han convivido con muchos más chavales.

¿Y no es un cambio muy estresante para estos jóvenes? Parece estresante, pero no lo es. Ellos trabajan mucho para llegar a una Semiautónoma. Vienen de centros donde, a pesar de estar muy bien, su número de compañeros va desde 24 hasta 100. No es lo mismo vivir ahí que estar en un piso con otros seis compañeros donde tienes un montón de privilegios además de un montón de obligaciones. Estos chavales agradecen venir y normalmente suelen aprovechar esta oportunidad. Es verdad que les cuesta adaptarse un poco al funcionamiento de las Semiautónomas porque están acostumbrados a tener educadores todo el día. Nosotros les guiamos, les asesoramos, pero no estamos todo el día encima de ellos.

No todos se adaptan…  Hay algunos chavales que acaban pagando el cambio. Nosotros tenemos una normativa bastante rígida e intolerante en cuanto a ciertos comportamientos. Por ejemplo, un consumo de cualquier tipo, cometer algún delito, subir a alguien a casa o no dormir una noche en el centro implica una expulsión automática y al día siguiente están en otro centro. Les damos mucho, pero les exigimos mucho. Y en esta transición, de estar en un centro con muchos educadores a otro en el que casi están solos, algunos se pierden… equiparan la libertad con libertinaje. Es normal, son adolescentes. Pero son muy pocos los casos en los que hemos llegado a expulsar a alguien. En 2018 han sido 7 entre los 78 atendidos en todas las Semiautónomas.

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Jóvenes MENAS // Cedida

¿Qué ocurre cuando estos jóvenes cumplen la mayoría de edad? Cuando llegan a los 18 años tiene derecho a quedarse hasta que nos llegue una carta de diputación que comunique el cierre de expediente. De todas formas, es un centro abierto y pueden marcharse cuando quieran, incluso siendo menores. Los chavales que cumplen ciertos requisitos pueden optar a un Plan Joven que les proporciona una pequeña ayuda de 347 euros. Tienen plazas limitadas y cuando se ocupan entran en lista de espera. No es algo inagotable. Cuando hay hueco les llaman, mientras tanto, en la calle. No tienen más ayudas de las que una persona de aquí pudiera optar. Todo chico acogido durante un mínimo de dos años por la diputación puede optar a la nacionalidad. Aún así, conseguirla es complicado, tienen que preparar exámenes, papeles del lugar de origen, pagar tasas… Solo en dinero serían unos 750-800 euros que deben abonar ellos de forma directa. La mayor parte de los chicos no han estado dos años acogidos, por lo que, para conseguirla, tiene que demostrar que han estado diez años ininterrumpidos en España, incluyendo exámenes, papeles del país de origen, tasas…

¿Has conocido a chavales que se han quedado en la calle tras salir del centro? Sí, han tenido que esperar a entrar en el Plan Joven y han tenido que estar en la calle. Chicos que han hecho procesos muy buenos con nosotros y que andan intentando terminar los cursos que empezaron en el centro. Son chavales que a la formación le dan muchísima importancia porque es una oportunidad de conseguir un contrato de trabajo, que es al final lo que les salva, no la ayuda, sino encontrar un trabajo.

¿Es difícil para ellos encontrar un empleo? Es prácticamente imposible. La ley de extranjería es muy restrictiva con los contratos. Si un jefe quiere contratar a uno de ellos, primero tiene que ofrecerle un trabajo a jornada completa, de mínimo un año, pagándole el salario mínimo interprofesional. Además, ese jefe, deberá presentarse en su delegación de gobierno con un taco de documentación ingente, con escrituras, informes y datos de la empresa. Además, deberá pagar unas tasas en función del sueldo que le vaya a pagar, es decir unos 200 euros de tasas si paga el salario mínimo que ahora son 900 euros. Si después de todo eso, el jefe está convencido de que quiere contar con el chaval, la contratación no puede ser al momento, debe esperar tres meses hasta que se resuelva el expediente y, si es favorable, solo entonces puede trabajar. Es decir, desde que comienza el proceso hasta que de forma efectiva el chaval pueda trabajar, pasan 3 y 4 meses. En todo 2018 ha ocurrido 2 veces, entre 78 MENAS de las Semiautónomas. Si la ley de extranjería fuera menos restrictiva y si fuera solo firmar un papel, la mitad de los chicos estarían trabajando.

Esto pasa cuando el permiso de residencia de estos chicos no les permite trabajar. Otra cosa es si tienen un permiso de larga estancia de cinco años o tienes un permiso de residencia y trabajo. Pero para lograr el permiso de residencia permanente deben haber tenido tres tarjetas anteriores de residencias no lucrativas y a la cuarta o quinta renovación pueden conseguir esa tarjeta de residencia lucrativa que les da derecho a trabajar. Eso siempre que puedan seguir renovando las otras tarjetas porque, para renovarlas, extranjería les pide medios de vida que, cuando son menores, están garantizados por la Diputación pero que, a partir de los 18 años, se reducen a dos posibilidades: optan a renovarla con un contrato de trabajo mediante el proceso que he explicado antes o aportan medios de vida en ayudas. Extranjería exige que esas ayudas sean cuatro veces el salario mínimo interprofesional. Es decir, deben demostrar que cobran 3.600 euros al mes en ayudas para que les renueven la tarjeta de residencia. Alguno consigue renovar, por ejemplo, los que están dentro del Plan Joven que, a pesar de ser una ayuda tan baja, se considera medios de vida suficiente. Si no consiguen renovarla entonces quedan de ilegales a no ser que consigan un contrato de trabajo. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Mucha gente recurre al argumento del miedo de ‘nos quitan los trabajos’ cuando hablan de extranjeros…  ¿Y a qué trabajos aspiran? Al máximo a lo que pueden tirar estos chicos en un corto periodo de tiempo es a la formación más mínima que existe, es ser el auxiliar del auxiliar. O hacen cursos de Lanbide o la FP Básica, que les permite realizar un grado medio.  Y los que llegan a grado medio son contados con los dedos de una mano. Tienen que sacarse el graduado escolar, aprender el idioma… No te van a quitar un trabajo de médico, de administrativo… A los trabajos que aspiran estos chicos son carpintería, hostelería, fontanería… Es tan complicado que consigan un trabajo que acaban yendo de temporeros a trabajar de sol a sol, afinados en cubículos y trabajando por una miseria. Hace poco hablé con uno que se había ido a Murcia y había vuelto porque era muy duro. Son trabajos que, en teoría, nadie quiere hacer.

Háblanos un poco de tu trayectoria, el tiempo que llevas en esto y de los centros en los que has trabajado. ¿Por qué elegiste esta profesión? Empecé en grupos de tiempo libre como chaval, luego me hice monitor en un lugar donde las situaciones familiares no eran las mejores que podrían ser y en ambos sitios me inculcaron unos valores sociales muy potentes. Tras eso estudié psicología social, trabajo con mujeres, inmigrantes… Y las prácticas las hice en un colegio justo el año en el que empezaron a llegar muchos chicos extranjeros y así comencé a trabajar con ellos. Primero trabajé en el centro de primera acogida de Berriz, que luego se pasó a llamar el centro de primera acogida de Amorebieta. También trabajé en el centro de emergencia del Vivero, más tarde en el Hogar Olabarrieta y desde 2015 como coordinador en las Unidades Semiautónomas de MENAS.

Y te gusta tu trabajo. Me encanta. Es muy frustrante, a veces. Es intentar tirar una pared a cabezazos y cuando le has hecho una rajita viene alguien a arreglarla y tienes que volver a empezar. Es la mejor analogía. Los procesos que hacemos son cortos y la estancia de los chicos es de 8-9 meses tras los cuales vienen otros chicos con los que tenemos que empezar de cero.

¿Cuál ha sido la experiencia más difícil o el mayor reto al que te has enfrentado? La primera vez que tuve que echar a alguien a la calle en el primer centro en donde trabajé. Fue un momento muy duro. Las pruebas de edad dieron mayores de edad a unos chavales y entonces tenían que salir a la calle. Es más, estuvieron durmiendo frente al centro de menores durante varios meses. Fue un momento muy duro. Ellos lo entendían perfectamente, pero para mí, que por aquél entonces tenía veintipocos años, fue un shock tener que echar a la calle a chicos a los que apenas les sacaba unos años. Luego ya empiezas a poner un muro para que no te afecte, porque si no… Las historias que vemos y hemos visto los educadores a lo largo de nuestra trayectoria son durísimas. Lo pasas mal en ciertos momentos, pero tienes que aprender a que no te afecte, porque sino el trabajo que vas a hacer con esa persona va a ser peor. Vas a trabajar desde la pena y no desde el lado positivo y práctico.

Si que es verdad que ahora mi trabajo es menos directo. Cuando comencé tenía solo dos Semiautónomas y trabajaba como educador y coordinador. Ahora tengo cinco y me dedico casi en exclusiva a la coordinación y gestión de los centros. Antes estaba yo solo y llegaba hasta donde llegaba; no podía atender como era debido a los chicos, profundizar en sus problemas… Ahora somos cinco educadores y se agradece trabajar en equipo, aunque ahora los momentos duros los estoy pasando con ellos porque lo pasan mal y hay que animarles. Después de tener a chavales que han funcionado bien, a los que les coges cariño y que han estado con nosotros un año … decirles ‘coge tus cosas y vete a la calle’, y saber que van a la calle, en invierno, y que esa noche dormirán, con suerte, en el albergue y que están viviendo una situación más que injusta… es duro y muy complejo de gestionar a nivel emocional para los educadores, porque al final son ellos los que dan la cara. Y, a pesar de lo duro que es, cuando me vuelva a encontrar con alguno de estos chavales y le pregunte qué tal está, me va a decir que bien. Nunca va a decir que está mal. No recuerdo ninguno que me haya llamado o haya venido buscando ayuda. Los que están bien, con trabajo o los que han conseguido la nacionalidad sí llaman de vez en cuando y quieren quedar.

El trabajo de educador es clave a la hora de guiar y de ayudar a la integración de estos jóvenes. El trabajo del educador es, en este caso, supervisión, mantenimiento, guía… Lo que es trabajo educativo puro y duro. No hay apenas trabajo asistencial. Tanto en la red básica como en la red especializada, el trabajo con las familias es fundamental para que el caso llegue a buen puerto. Aquí, por el contrario no hay familias y eso es más sencillo. En el centro donde trabajé anteriormente, que era un centro de chavales con problemas de conducta, los chicos y las chicas no querían estar ahí; aquí, en cambio, los chavales quieres estar, y es mucho más sencillo trabajar así. Desde trabajar en un lugar donde los chavales te ven como el carcelero, el restrictivo y la figura de autoridad a la que enfrentarse, a estar en un sitio donde te miran como una persona que les acompaña y les ayuda. El perfil de chavales es completamente diferente. Es más sencillo trabajar con mis chavales MENAS.

Después de todo lo que viven, ¿logran conseguir una estabilidad y una normalidad en sus vidas?  Ellos tienen las ideas muy claras, tienen un plan que es trabajar y conseguir dinero para llevárselo a sus familias. Su plan es ese: trabajo, dinero, mandar a casa. Luego se les va truncando. Vienen pensando que aquí en cuanto lleguen les darán un trabajo. Piensan así todos, los de 9, 14 hasta los de 17 años. No es barato venir y muchas de las familias de estos chicos se han endeudado para que puedan llegar hasta aquí. Si vienes debajo de un camión o autobús, te sale más barato. Si vienes en patera… algún chico me contó hace muchos años que le ofrecieron dos pateras, una de 1.000 euros, que igual no llegaba, y otra de 3.000, que llegaba seguro. Yo he conocido a un chaval que ha pagado 5.000 euros para pasar en moto acuática, y no es un chaval rico. La familia de ese chico se ha tenido que endeudar con las mafias. Con lo cual estos jóvenes se convierten en la gran esperanza de sus familias para pagar esa deuda. Ellos quieren una vida mejor y piensan que aquí la tendrán. Casi todo lo que ganan lo mandan a casa, porque tienen que pagar esa deuda y además dar de comer a sus familias. Esa responsabilidad en los hombros de un chaval de 14, 15 o 16 años pasa factura. Me acuerdo de un chico con seis hermanos cuya madre no trabajaba y su padre tenía una discapacidad, que en Marruecos era el único que llevaba dinero a casa. Decidió venir a España para intentar ganar más dinero y dar de comer a su familia y, cuando llegó aquí, lo primero que le dicen es que tiene que estudiar y que no puede trabajar. La familia le presionó de tal forma que cedió a la presión y su cabeza hizo crack. Acabó en psiquiatría bastante mal, con paranoias… Son niños y las presiones que sufren son muy grandes.

¿Nunca piensan en volver? Volver para ellos es el mayor de sus fracasos. Vuelve con un coche o no vuelvas. Muchos de los extranjeros que, durante el verano, pasan la frontera para ir a Argelia, Marruecos y demás, llevan un montón de cosas. Tienen que enseñar que sus vidas son buenas allí donde están. Llevan regalos y cosas materiales para ‘demostrar’ que les va bien en la vida. Si tienes a tu familia a 5.000 kilómetros, pasando hambre y tú aquí estás pasando las de Caín, qué les vas a decir, ¿qué estás mal? Yo no diría a mi familia la verdad, ni ellos tampoco lo hacen, porque quieren protegerles de ese sufrimiento. Y eso a veces hace que venga más gente por el efecto llamada: “Joe, pues el vecino de tal dice que está bien”. Ellos dicen que están bien, que tienen su casa, su coche… No quieren preocuparles.

¿Crees que Basauri es un buen lugar para acoger a estos chavales? Basauri tiene todos los sitios que los chavales necesitan, el pueblo nos acogió bien… Con los vecinos hemos tenido alguna diferencia, pero nada que no se pueda subsanar. Lo llevan mejor o peor dependiendo mucho del grupo que tengamos. Algunos jóvenes les cuesta adaptarse a la convivencia en los pisos y hay que meterles más cañas que a otros, por el ruido y porque no están acostumbrados a este tipo de viviendas… pero en general bastante bien. Estoy muy contento con estar en Basauri, y los chavales también.

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