Entrevistas

Mikel Aguirre: “En Myanmar la vida es como en 1950 pero con móviles y antenas parabólicas”

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Mikel lleva cinco años en Myanmar trabajando para la UNESCO / Cedida

Después de estudiar Comunicación Audiovisual y trabajar en Radio Euskadi, el basauritarra de Basozelai Mikel Aguirre (Barakaldo, 1984) se empezó a interesar por la cooperación al desarrollo. Así que dejó la radio, estudió en máster y obtuvo una beca del Gobierno Vasco para trabajar en la UNESCO en Jakarta (Indonesia) en 2011. Ahora, lleva 5 años en Yangon, Myanmar (Birmania) encargándose del área de la Comunicación de la UNESCO para mejorar la libertad de expresión y la diversidad de los medios en un país que hasta hace 6 años solo conocía los medios de propaganda del Estado. Según sus palabras se ha “adaptado muy bien” a una forma de vida completamente diferente que describe “como vivir en 1950 pero con móviles y antenas parabólicas”. Aquí nos cuesta su experiencia y lo que más echa de menos de Basauri, donde vuelve dos veces al año.

Ahora llevas 5 años en Yangon, Myanmar. ¿Qué trabajo desarrollas allí? Trabajo en la UNESCO, la agencia de la ONU para la promoción de la educación, la cultura, las ciencias y la comunicación para la consecución de la paz y el desarrollo sostenible. Yo me encargo del área de Comunicación, trabajo con el gobierno para desarrollar y reforzar el sistema legislativo y políticas que garanticen la libertad de expresión y la diversidad en los medios. También trabajo directamente con los periodistas y los medios de comunicación, en la mejora de sus capacidades y en establecer mecanismos para su protección y seguridad.

¿Qué necesidades más acuciantes tienen los habitantes de Myanmar respecto a los medios de comunicación? El país está en medio de una transición muy delicada de un régimen autoritario de más de 60 años hacia un sistema democrático. Nunca han existido los medios libres hasta ahora (solo los de propaganda del Estado). En los últimos 6 años han surgido decenas de medios nuevos, asi que es un gran cambio. Las autoridades y los poderosos, todavía no se han acostumbrado al escrutinio de los periodistas y tampoco están acostumbrados a la transparencia o rendición de cuentas. Y si no les gusta lo que escriben sobre ellos, no dudan en acosarles por vías judiciales, les acusan por difamación y muchos periodistas terminan en la cárcel.

¿Y cómo se están adaptando los periodistas a todos estos cambios? La mayoría no tienen ninguna formación en periodismo o comunicación, y no entienden muy bien el importante rol que la prensa libre cumple en la sociedad: vigilando al gobierno y los poderes económicos, investigando historias, haciendo visibles problemas sociales como la discriminación social de las minorías étnicas o la enorme desigualdad de género. Muchos son antiguos prisioneros políticos, que continúan hoy su activismo como reporteros, y en lugar de escribir artículos periodísticos, no pueden evitar dar su opinión y posicionarse en las historias que están tratando de contar. Asi que hay mucho mucho trabajo por hacer en ambos lados, con las autoridades y con los profesionales de los medios.

¿Qué proyecto destacarías entre los que ha desarrollado hasta ahora? En Myanmar también estoy trabajando en promover la alfabetización mediática, intentamos educar a la población a que consuman los medios de forma responsable, sobre todo en los tiempos de las redes sociales. Básicamente la gente en Myanmar ha pasado de tener un solo medio controlado por el estado, a en 2015 tener acceso a Internet y por supuesto Facebook. Creen que la red social es Internet. En este contexto son incapaces de discernir las noticias de los rumores, o noticias fabricadas por troles o grupos de presión para dividir y crear tensiones y odio.

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Mikel llegó a Indonesia en 2011 con una beca del Gobierno Vasco / Cedida

Osea que ya se están enfrentando también a las fake news. Este fenómeno también se da en el mundo desarrollado como estamos viendo, pero en una sociedad que nunca ha estado expuesta a otros medios o fuentes de información, se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad, les resulta muy difícil gestionar tantísima información. En más de una ocasión un rumor extendido por Facebook, ha desencadenado en enfrentamientos violentos entre distintos grupos étnicos o religiosos.

Y ¿cómo es la vida en un país como Myanmar? ¿Qué es lo que más te llama la atención? El país ha estado totalmente aislado del mundo durante medio siglo, asi que básicamente es como vivir en 1950 pero con móviles y antenas parabólicas. En los últimos dos años, con la apertura, la ciudad donde vivo ha cambiado muchísimo, pero todavía mantiene esa esencia de estar detenida en el tiempo. Los móviles, y con ellos Internet, solo llegaron a Myanmar en 2015; cuando yo me mudé aquí no había más que dos cajeros automáticos en toda la ciudad, y la mayoría de la gente viste ropas tradicionales.

Es como vivir en otra época… Yo siempre digo que el país parece como salido de una novela histórica, con esas pagodas budistas cubiertas en oro, palmeras y vegetación frondosa en medio de la ciudad, las procesiones de monjes budistas por las mañanas…Y lo más increíble, la verdad, es la gente. Son super amables y hospitalarios, siempre dispuestos a ayudar. Eso sí, tantos años de varios regímenes militares han pasado factura a la población. El sistema educativo (que solo ha comenzado a reformarse ahora después de décadas), estaba diseñado para eliminar la iniciativa propia y el pensamiento crítico, educar a la población a seguir órdenes y respetar la jerarquía sobre todas las cosas. Afortunadamente, esto está cambiando poco a poco, pero llevará varias generaciones liberarse de ese lastre.

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El basauritarra se ha adaptado bien a la vida de Asia / Cedida

¿Te ha costado mucho adaptarte a culturas tan diferente de la nuestra? Eso me lo preguntan mucho, pero la verdad, es que no me costó demasiado. Estaba tan ilusionado la primera vez que mudé a Asia, que en cuanto puse un pie en Jakarta me sentí como en casa. Todo depende de cómo te lo plantees. Yo siempre digo que el Sureste Asiático o lo amas o lo aborreces, no hay término medio. Y yo decidí que iba a disfrutar de esas diferencias y esa ¨locura¨que es todo esto. ¡Es tan tan distinto (y extremo en muchos casos) a la vida en Basauri! A mí me ha resultado muy fácil y lo estoy disfrutando, pero también es verdad que hay mucha gente que se frustra, y en lugar de disfrutar, se decantas por el camino del quejido constante (este tipo de personas, no duran mucho por aquí). Y sí, te adaptas, pero nunca sientes del todo que eres parte del país o la sociedad. Al final somos muy muy distintos, y no terminas del todo de entender qué es lo que está pasando a tu alrededor. Cuando consigues construir en tu cabeza un esquema de cómo funcionan las cosas y la lógica tras ellas, ¡de repente sucede algo que manda ese esquema mental al carajo!

Seguro que te han ocurrido muchas anécdotas. ¿Alguna que recuerdes especialmente? ¡Es imposible quedarme con una! Cada día me pasan tantas cosas. Desde encontrarme con una cobra (¡una cobra!) al salir de la oficina, montarme en un avión que no iba a donde yo quería, sufrir apagones durante horas en verano cuando los termómetros no bajan de 45 grados, hasta tardar 4 horas en recorrer 30 kilómetros en medio del tráfico de Jakarta. Pero la anécdota que realmente refleja cómo ha sido mi vida en Asia en los últimos 9 años, es esta: Fui a una tienda a comprar un cupón para cargar con crédito mi teléfono móvil y tuve la siguiente conversación:

Yo: Hola, tienes crédito para el móvil.
Tienda: ¿De qué compañía?
Yo: De la compañía XXX.
Tienda: ¿De cuánto la quieres?
Yo: 100,000 Rupias.
Tienda: Lo siento, no vendemos crédito para teléfonos.

Símplemente no pueden decir NO. Tanto en Indonesia como en Myanmar no hay una palabra concreta que signifique un NO rotundo… Asi que situaciones como esta… ¡todos los días de mi vida!

¿Y que es lo que más echas de menos de Basauri al estar tan lejos? Pues evidentemente la familia y los amigos. Aunque lleve mucho tiempo viviendo en el Sureste Asiático, nunca sientes que perteneces a esa sociedad o ese mundo. Esa sensación de pertenencia es lo que más echo de menos. Lo increíble es, que en cuanto llego a Basauri, es como si mi vida hubiera estado pausada, y siento como si nunca me hubiera ido, como si mi vida en Asia no existiera.

¿Cada cuanto vueles aquí y que es lo que más te gusta hacer cuando llegas a Basauri? Los primeros años volvía solo una vez al año, pero últimamente vuelvo dos veces al año. Y lo que más me gusta es pasar tiempo con la familia (sobre todo las amamas) y los amigos. ¡Invierto mucho tiempo también en comer y beber vino! Pasear me parece un lujazo (en Yangon es imposible caminar por las calles con tantos coches, carros de comida y puestos de verdura), y siempre intento sacar tiempo para ver una peli en el Social. Siempre he sido un asiduo, y siento que le debo una visita cuando estoy en Basauri.

¿Crees que algún día volverás a vivir a Basauri o todavía no te lo planteas? Al principio creía que ese día no llegaría hasta dentro de unos cuantos años, pero la verdad, es que últimamente he empezado a planteármelo. Pero la respuesta correcta, es más bien: “no tengo ni idea.”

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