Entrevistas

Iñaki Larrea: “Basauri ha sido muy solidario con los proyectos que he desarrollado en Colombia”

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Iñaki Larrea reside en la actualidad en Bogotá / Cedida

Con solo 22 años, el basauritarra Iñaki Larrea (Basauri, 1958) pasó un año en Colombia como Misionero Javeriano, en una época en la que estaba “muy de moda” estar pendiente de la situación y la lucha por los derechos humanos de diferentes países de Centroamérica. Tras volver a Madrid para estudiar teología y ordenarse sacerdote en Gernika en 1983, volvía a Cali, donde ha desarrollado numerosos proyectos educativos y sociales en dos periodos de 17 años. Ahora vive en la capital Bogotá, ayudando “en todo lo posible”. Cada tres años vuelve a San Miguel, a Lapatza, el barrio de su infancia del que también nos cuenta todos sus recuerdos y con el que se mantiene conectado a través de las nuevas tecnologías.

¿Cómo fueron tus primeros momentos en Colombia? No es fácil adaptarse, primero por el clima: en Cali con un calor húmedo y sudando todo el tiempo. Luego, por la realidad de pobreza y miseria que se vivía en aquella época, los años 80. En medio de un puerto de entrada al mar donde pasa lo que se consume en Colombia y allí no dejaban nada; así que conviven juntos la riqueza inmensa y la pobreza. Aquel primer año acompañé el trabajo pastoral de la parroquia de Buenaventura y aprendí también de la fe de la gente sencilla a valorar la vida y la fiesta y el respeto a su cultura.

A lo largo de estos 20 años, ¿cómo ha sido tu vida de misionero? He vivido 17 años en Cali en dos periodos, de 1983 a 2000 y de 2007 al 2017. Desde entonces estoy en Bogotá. Nuestra parroquia estaba en la periferia de Cali y fueron años de construcción de ilusión y esperanza frente a la pobreza. La gente que llegó de todos los lugares del país comenzaron a buscar juntos salidas para cubrir las necesidades básicas, como luz, agua, sanidad, educación. Los misioneros, con ayudas de varias ONG y de la Iglesia levantamos un colegio, un puesto de salud y una guardería.

Además, trabajamos con niños y jóvenes de alto riesgo que delinquían en pandillas juveniles. En el segundo período hasta 2017 también fui capellán de un colegio para 1.200 niños y jóvenes y sobre todo, acompañé a las víctimas de la violencia y a sus familias. Ahora me encuentro en Bogotá y estoy acompañando a una parroquia en todo lo que se pueda. Aquí saco tiempo para subir no al Pagasarri sino a cualquiera de los montes que forman los cerros orientales, montañas de 3000 a 5000 metros de altura.

¿Cómo surgió tu vocación y que satisfacciones te ha dado? Mi vocación está unida a mi pueblo y a la comunidad de San Miguel de Basauri. Mis aitas participaban en la parroquia y mis hermanos y yo hemos sido monaguillos con D. Martín, Reka y otros sacerdotes. A casa llegaban cartas o fotos de los misioneros que habían salido de San Miguel para ir al Congo, a Ecuador o a Chile. También me ha influido formar parte del grupo de jóvenes de la parroquia. Recuerdo que pasó por el Instituto de Basauri, en el Social, un misionero que nos habló de la vocación misionera y me apunté para tener una convivencia vocacional y allí surgió todo.

Respecto a las satisfacciones, me gusta especialmente el aprender con la gente a formar comunidad y el desaprender de los estereotipos que nos formamos de los pueblos y de sus culturas. Como estas personas son super acogedoras y el valor que dan a las relaciones personales. He crecido como personas y como creyente.

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Placa conmemorativa de un proyecto desarrollado en Buenaventura, Cali (Colombia) / Cedida

Cada tres años vuelves a San Miguel, ¿cómo te reciben en Lapatza? Aquí hay un refrán popular que dice, “El buen hijo vuelve a casa”. Ya somos pocos los que quedamos en Lapatza, casi somos familia, pero la acogida es fabulosa y ya están preguntando a mi ama y a mis hermanos cuánto me falta para que vuelva a San Miguel. La verdad es que mantengo el contacto con familiares semanalmente por medios virtuales.

En este tiempo de pandemia, celebro la misa por Zoom para las personas que no pueden ir a la parroquia y mi madre está en primera fila escuchando y participando los domingos por la mañana. Por la noche, compartimos noticias de San Miguel y de la familia. Con amigos y vecinos contacto en Navidad o fiestas de San Miguel por medio del grupo de Facebook ‘Soy de San Miguel’. Cada tres o cuatro meses mando una carta a la parroquia de San Miguel y a la unidad pastoral hasta Orozko y les cuento mis andanzas.

¿Qué recuerdos tienes de tus años viviendo en San Miguel? Son muchos, primero mi niñez y juventud hasta los 15, que fui a estudiar con los Misioneros a Gernika. Hasta esa edad viví en Lapatza, que era una vega de caserios donde los vecinos sacaban sus cosechas para venderlas en Basauri y alrededores. Después, con la entrada de Sidenor, fueron desapareciendo los caseríos y sus habitantes. Como todos los del pueblo, estudié en la escuela Sofia Taramona. También recuerdo las salidas al monte con el grupo del Indartsu, las clases de txistu y danzas, el euskera, los encuentros con Reka en el club del tiempo libre… Fueron años maravillosos, aunque también confusos, difíciles en lo social y en lo político.

¿Han surgido proyectos solidarios de Basauri en Colombia? Se ha creado un gran sentido de solidaridad con proyectos de desarrollo entre Basauri y la misión donde trabajaba. Primero en Cali en los años 1998-1999. Con una donación del Ayuntamiento de Basauri conseguimos los primeros ordenadores que entraban en el colegio para niños y jóvenes de escasos recursos. Y hace unos años, con la ayuda de la parroquia de San Miguel, organizando chocolates solidarios, y el Ayuntamiento de Basauri, pusimos en marcha en Buenaventura un centro multiuso. Estaba destinado a  diferentes actividades socio recreativas desde formación laboral y atención sanitaria. Últimamente se está pensando en formar y atender un comedor comunitario para que por lo menos que tengan una comida al día con fundamento.

¿Cómo se está viviendo en Colombia la pandemia del coronavirus? Lo tenemos complicado como en todas partes. Desde el principio se tomaron las medidas oportunas pero dando más importancia a la economía que a la salud. Nos confinaron seis meses, poniendo toda clase de dificultades para no salir de casa: un día salían los hombres y otro día las mujeres, luego los que tenían la cédula o carnet de identidad cuyo número acaba en par, unos días, y los impares otros; los mayores de 70 años no podían salir lo mismo que los que tenían enfermedades crónicas. Pero los de 70 años pusieron una tutela diciendo que ellos tenían derecho a circular por la calle y la ganaron; la llamada ‘Rebelión de las canas’.

Ha habido agresiones y discriminaciones con el personal de la salud sabiendo que ellos ponían su vida para salvar a otros. Al final la gente salió a la calle, ellos mismos lo dicen: “Si no me mata el coronavirus, me mata el hambre”. Por nuestra parte en la parroquia hemos acompañado a las personas haciendo eucaristías por Zoom y los medios virtuales. Para llevar consuelo y acompañando en el duelo a las personas que habían perdido algún ser querido. También colaboramos con la comunidad en el banco de alimentos de nuestra parroquia.

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